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La obsolescencia programada y sus consecuencias en la salud humana

La obsolescencia programada y sus consecuencias en la salud humana

La obsolescencia programada y sus consecuencias en la salud humana

En la actualidad, hay una gran cantidad de tecnología disponible para nosotros. Desde teléfonos móviles hasta televisores inteligentes, pasando por electrodomésticos como neveras y lavadoras, la tecnología se ha convertido en parte integral de nuestra vida diaria. Sin embargo, hay un fenómeno detrás de esta tecnología que a menudo pasa desapercibido: la obsolescencia programada.

La obsolescencia programada se refiere al proceso por el cual los fabricantes diseñan productos con una vida útil limitada, lo que significa que están destinados a fallar o volverse obsoletos después de un cierto período de tiempo. Esto se hace con el fin de aumentar las ventas y el consumo al hacer que los consumidores compren productos nuevos con más frecuencia. Algunos ejemplos de obsolescencia programada incluyen la limitación artificial de la duración de las baterías de los teléfonos móviles, la eliminación de ciertas características de los dispositivos, e incluso la intención de que los productos no sean reparables.

Si bien la obsolescencia programada puede parecer una práctica inteligente desde la perspectiva del fabricante, tiene graves consecuencias para la salud humana. En primer lugar, la cantidad de productos electrónicos que se desechan cada año es enorme. En Estados Unidos, por ejemplo, se estima que se desechan 416.000 teléfonos móviles cada día. Estos productos electrónicos a menudo terminan en vertederos donde pueden resultar peligrosos para la salud humana. Muchos de estos productos electrónicos contienen metales pesados como plomo, mercurio o cadmio que pueden contaminar el suelo y el agua y amenazar la salud humana a través de la exposición accidental o la ingestión de alimentos contaminados.

Además de los riesgos ambientales, la obsolescencia programada también puede tener un impacto directo en la salud humana. Los productos electrónicos modernos contienen una cantidad significativa de productos químicos que pueden ser perjudiciales para la salud humana. Por ejemplo, los teléfonos móviles y otros dispositivos electrónicos utilizan una gran cantidad de plásticos, que pueden liberar productos químicos tóxicos en el aire y el agua. Además, muchos productos electrónicos contienen retardantes de llama que se utilizan para retardar la propagación del fuego. Estos retardantes de llama, como los éteres difenil polibromados, se han relacionado con problemas de salud como el desarrollo de trastornos hormonales y neurogerativos en humanos.

Otra forma en que la obsolescencia programada puede afectar la salud humana es a través de la exposición a radiación de dispositivos como teléfonos móviles y routers Wi-Fi. Si bien los estudios sobre la relación entre la radiación de los teléfonos móviles y la salud humana han sido mixtos, algunos estudios han sugerido una posible conexión con el cáncer de cerebro y otros trastornos relacionados con la salud.

Entonces, ¿cómo podemos reducir el impacto de la obsolescencia programada en la salud humana? Una forma es asegurarse de que sólo compramos productos de alta calidad que durarán mucho tiempo. Además, podemos tomar medidas para extender la vida útil de nuestros productos existentes. Por ejemplo, podemos reparar o reutilizar los productos en lugar de desecharlos, y asegurarnos de que se reciclen adecuadamente cuando llegue el momento de desecharlos. Además, podemos buscar productos que sean más respetuosos con el medio ambiente y la salud, como productos con certificación ecológica o productos que utilicen materiales reciclados.

En conclusión, la obsolescencia programada es una práctica peligrosa que puede tener graves consecuencias para la salud humana. Si bien puede parecer una estrategia inteligente desde la perspectiva del fabricante para aumentar las ventas, los consumidores deben ser conscientes de los riesgos y tomar medidas para reducir su impacto. Al ser conscientes de los productos que compramos y de cómo los utilizamos, podemos marcar una diferencia en la reducción de los problemas de salud relacionados con la obsolescencia programada.